Muy a menudo la Naturaleza hay que escribirla con mayúsculas, ya que nos sorprende con paisajes tan espectaculares y bellos que quedarán para siempre en nuestra retina. Uno de estos paisajes lo encontramos en Huesca, en el Prepirineo, a 45 kilómetros de la capital de la provincia.
Un geólogo los describiría como conglomerados de cantos rodados cementados por grava y arena elevados por plegamientos y posteriormente erosionados. Pero cuando nos acercamos a ellos la descripción más adecuada es la de espectáculo de la naturaleza más propio de un santuario de dioses antiguos que de lugar accesible a los simples mortales.
El mejor lugar para ver los mallos de Riglos es el mirador que está poco antes de llegar al pueblo de Riglos.
Desde el pueblo, si tenemos tiempo y ganas de hacer ejercicio, podemos seguir una ruta que rodea los principales mallos. Información sobre la ruta la encontraremos en el pueblo. Tiene fuerte desnivel pero también permite nuevas perspectivas de estos “monolitos” más propios de dioses que de hombres.
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